Bulimia: un drama somático

Bulimia: un drama somático

Joyce McDougall en su libro Teatros del cuerpo (Capítulo II) trata sobre el comienzo de la vida psíquica y la constitución del  “individuo”, asimismo acerca de cómo accedemos a la representación desde lo somático y viceversa.

Mc Dougall nos dice que la vida psíquica se inicia con una experiencia de fusión que lleva a la fantasía de que sólo existe un cuerpo y una psique para dos personas, y que éstas son una unidad indivisible. La madre es una “madre-universo” y el bebé es una pequeña parcela de ella. Existe en nosotros, la nostalgia de un regreso a esta fusión ilusoria, donde no hay frustración, responsabilidad o deseo. Sin embargo, aquí tampoco existe identidad individual, de aquí que la realización del deseo de volver a esa fusión involucre la muerte psíquica.

 

Existe también en el bebé, una necesidad importante de separación, es así que hay una tendencia a la fusión y a la diferenciación. Y la madre, está supuesta a seguir esta tendencia, así el niño estará posibilitado a internalizar mediante la incorporación, introyección e identificación, construyendo primero una imagen del entorno materno  y luego una representación mental de la madre misma como figura tranquilizante y acogedora, que no es opuesta a su deseo de acceder a la autonomía somática y psíquica. Esta será la base de una identificación ulterior con una imago adecuada favoreciendo positivamente la constitución de su propio Yo.

 

Esta representación mental de la madre como persona que puede ser nombrada y evocada es esencial para la estructuración de la psique, siempre y cuando la palabra  “mamá” evoque un sentimiento reconfortante y tranquilizante de consuelo y seguridad. A medida que disminuyen el contacto corporal y las formas gestuales de comunicación con la madre, van siendo reemplazados por el lenguaje, por la comunicación simbólica. Toda falla en este proceso,  se reflejará en la capacidad del niño para integrarse y reconocer como propios su cuerpo, sus pensamientos y sus afectos. Estas fallas tienen diversas consecuencias en la edad adulta.

 

 

 

Si la madre, no consigue proteger a su bebé de una sobreestimulación traumática, o bien le expone a una subestimulación también traumática, puede conducir a una incapacidad para distinguir entre la representación del sí-mismo y la representación del otro, y crear, por consiguiente, una representación corporal arcaica donde los contornos del cuerpo, la investidura de zonas erógenas y la distinción entre el cuerpo materno y el del niño permanezcan confusos.

 

La lucha contra la división primordial que es el origen de un individuo puede originar la sexualización del conflicto, la construcción de modelos de personalidad narcisista o borderline, adicciones como la dependencia de la droga o de los medicamentos, el alcoholismo, la bulimia, etc., o una profunda fisura entre la psique y el soma.

 

 

Los dramas somáticos son signos de dramas psicológicos, estos signos son portadores de un mensaje para la psique, aunque a primera vista parezcan escapar a la representación. Pero el cuerpo, al igual que la mente está sometido a su propio modo de repetición-compulsión. Entonces la tarea es encontrar la forma de oír estos signos, decodificarlos para hacerlos simbólicos, poder hacerlos simbólicos y de ahí comunicables mediante el lenguaje.

 

En las personas con tendencia a somatizar, el sexo y la presencia paternos parecen haber tenido un rol estructurante escaso en la organización psíquica infantil. La imagen de la madre interna se torna amenazante  ya que si no existe fantasía del pene paterno, la  representación mental del sexo de la madre  se convierte en la de un vacío ilimitado.

 

 

Es vital para el niño la ilusión de formar uno con su madre  durante un período largo,   esta fusión ilusoria permite que duerma, digiera y elimine la comida, es decir que funcione somáticamente de manera adecuada, bajo el convencimiento de que la madre-universo se encargará de todo. Es importante, debido a esto, el inconsciente de la madre y lo que representa para ella el niño. Algunas madres viven a sus bebés como extraños y diferentes a ella. Estos niños se sienten abandonados y presentan a menudo reacciones psicosomáticas precoces. Otras madres no pueden resignarse a abandonar la relación fusional, pudiendo generar así en su hijo, problemas de tipo alérgico, trastornos del sueño y del comportamiento alimentario. En estos casos, al niño le resulta muy difícil establecer el sentimiento de una identidad separada.

La madre debe poder acompañar a su bebé en sus deseos de fusión,  diferenciación e  individuación, de lo contrario estaría exponiéndolo a condiciones que pueden llevarle a la psicosis o a la psicosomatosis.